COOPERATIVISMO OBRERO, CONSEJISMO Y AUTOGESTIÓN SOCIALISTA
ALGUNAS LECCIONES PARA EUSKAL HERRIA
5.3. INDIGENISMO Y REVOLUCIÓN EN BOLIVIA, NUCARAGUA Y MÉXICO
Mariategi llegó a estas tesis no sólo estudiando el marxismo y conociendo perfectamente los textos de la Internacional Comunista, sino que, sobre todo, analizando la práctica real de la lucha conjunta entre indígenas, mestizos y blancos en las tierras, minas, fábricas, ciudades y costas. Su especial insistencia en Bolivia no fue casual sino muy causal porque en el altiplano boliviano confluyeron desde la segunda década del siglo XX todas las contradicciones del desarrollo desigual y combinado del capitalismo, especialmente en la minería. Las modernas técnicas se aplicaban con la más vieja esclavización de los miles de mineros --40.000-- muchos de los cuales eran indios andinos que no hablaban castellano y que mantenían vivas sus formas comunales tan bien analizadas por Mariategi. La huelga de 1923 fue atrozmente aplastada; la década de 1931 fue de reorganización y aunque las huelgas de 1942, 1946 y1949 también fueron derrotadas, el movimiento obrero avanzaba imparablemente gracias, entre otras cosas, a su capacidad de integración del comunitarismo andino, tachado de populista por el socialismo urbano, en la lucha de clases.
Fue durante este ascenso heroico cuando el 8 de noviembre de 1946 se aprobaron las Tesis de Pulacayo, ciudad minera de Bolivia. Son once tesis que no podemos resumir aquí, aunque sí decir, primero, que el movimiento minero era muy consciente de la necesidad de la unión estratégica con el movimiento indígena, con sus comunidades, como lo dice expresamente en la onceava tesis: "Los obreros deben organizar sindicatos campesinos y trabajar en forma conjunta con las comunidades. Para esto, es necesario que los mineros apoyen la lucha de los campesinos contra el latifundio y secunden su actividad revolucionaria".
Y segundo, que las Tesis son un monumento al consejismo y autogestión trabajadora, como se comprueba con especial fuerza en la Tesis VII sobre las diez reivindicaciones transitorias: "1. Salario básico vital y escala móvil de salarios. 2. Semana de 40 horas de trabajo y escala móvil de trabajo (...) implantación de la semana de 36 horas para mujeres y niños. 3. Ocupación de minas. 4. Contrato colectivo. 5. Independencia sindical. 6. Control obrero de las minas. 7. Armamento para los trabajadores. 8. Bolsa pro-huelga. 9. Reglamento de la supresión de la pulpería barata; y, 10. Supresión del trabajo a "contrata" ".
Los avances políticos llevaron al triunfo electoral de una compleja fuerza nacionalista en 1951 pero la intervención militar le impidió formar gobierno. Su sector más radical organizó en abril de 1952 el cerco de La Paz por los mineros armados, tomó el poder e impuso medidas sociales, nacionalizó las grandes empresas, legitimó las milicias obreras e impulsó la unidad sindical, en un proceso que tuvo su apogeo en 1953. Sin embargo, las izquierdas revolucionarias eran débiles para contener la recuperación burocrática y burguesa dentro del Movimiento Nacionalista Revolucionario que se fue alejando de las masas trabajadoras y acercándose al gran capital y a los EEUU, expulsando del gobierno y depurando a las organizaciones de izquierda. La situación era de nuevo tensa, y en diciembre de 1963 los mineros aprobaron las Tesis de Colquiri para recuperar y asegurar definitivamente el control obrero, pero su nueva ofensiva fue masacrada por el golpe militar de 1964.
Precisamente fue Mariategi uno de los primeros revolucionarios no mexicanos, sino el primero, que ya en una fecha tan temprana como el 5 de enero de 1924 advirtió en su artículo "México y la revolución" de la recuperación y ascenso de las luchas campesinas, populares y obreras en este inmenso país multinacional. Volvió a insistir en la importancia histórica de la ofensiva de los latifundistas contra los "ejidos" o cooperativas campesinas de tipo comunitario asentadas en las tierras tradicionales de las comunidades indígenas, de modo que: "La clase campesina quedó totalmente proletarizada (. . .) Pero un pueblo, que tan porfiadamente se había batido por su derecho a la posesión de la tierra, no podía resignarse a este régimen feudal y renunciar a sus reivindicaciones. Además, el crecimiento de las fábricas creaba un proletariado industrial, al cual la inmigración extranjera aportaba el polen de las nuevas ideas sociales. Aparecían pequeños socialistas y sindicalistas".
Mariategi debía conocer la heroica historia de luchas de las naciones indias contra la invasión blanca. Luchas en progresivo endurecimiento en la medida en que se asentaba la ocupación occidental y se multiplicaban las agresiones de todo tipo contra los habitantes del lugar. Jorge Fuentes ha estudiado en "Raíces del pensamiento zapatista o la crítica al neoliberalismo" la larga y tenaz resistencia india anterior al siglo XX:
"Un tema recurrente, evidente, insistente, corresponde a su vinculación con la lucha histórica de los pueblos indios. Éstos han luchado por el afianzamiento de su identidad y por la recuperación de sus tierras y recursos naturales. Ciertamente durante la época colonial ocurrieron levantamientos indígenas en el extenso territorio de la Nueva España. Sin embargo, estas insurrecciones nunca alcanzaron ni la extensión ni la intensidad sangrienta que mostraron en el siglo XIX. Durante este siglo, antes y después de las reformas liberales, en distintas latitudes de la naciente República Mexicana estallaron levantamientos indígenas. Sólo para recordar algunos muy significativos, se hace referencia a los casos siguientes. En el norte, las guerras indias transcurrieron desde fines del siglo XVIII hasta 1880. Apaches y comanches diezmaron el estado de Chihuahua, hasta poner en peligro de extinción las haciendas, los pueblos de los rancheros y centros mineros. En el occidente, los levantamientos de coras y huicholes, encabezados por el Tigre de Alicia, estuvieron a punto de asaltar la ciudad de Guadalajara. En Morelos, los descendientes de los tlahuicas se rebelaron al experimentar los efectos iniciales de la expansión de las haciendas, ya se encontraba el germen de la contradicción que originó el movimiento zapatista. Sin embargo, la rebelión más impresionante y consistente ocurrió entre los mayas, en la península de Yucatán".
Estas guerras de resistencia étno-nacional se sostuvieron pese a la enorme ventaja militar cuantitativa de los ejércitos invasores. Ventaja cuantitativa que las naciones indígenas superaban en la medida de lo posible con una originalidad cualitativa muy difícil de entender para la mentalidad occidental que, frecuentemente, ha fracasado más de lo que acepta su versión oficial de la historia frente a esa diferencia cualitativa. Solamente, por lo general, la arrolladora superioridad cuantitativa en armas y comida, y también en sanidad, ha podido asegura la victoria occidental sobre las naciones y pueblos precapitalistas. Llegamos así a un problema que apenas está estudiado críticamente y que tiene sin embargo una importancia clave para entender tanto la importancia de las comunas campesinas con su propiedad colectiva, pese a sus contradicciones internas, como el acierto de la política marxista de adecuar los Soviets a las condiciones y necesidades de los pueblos en lucha de emancipación.
Sin la gran adaptabilidad de las formas sociales precapitalistas, capaces de responder a las innovaciones introducidas por los invasores occidentales y volverlas contra ellos, no se hubieran dado las largas y amplias resistencias de los pueblos no occidentales. Dejando de lado a los propagandistas y voceros de los gobiernos blancos, y leyendo los comentarios de los militares que conocían la realidad, o sea superando la censura de prensa, podemos conocer la tremenda eficacia de las comunidades originarias en su autodefensa. Esta fue una de las razones de peso en la potenciación marxista de los Soviets y su adaptación a las sociedades precapitalistas. La forma soviética, consejista, asamblearia, comunal, etc., tiene la virtud de rescatar y actualidaz las prácticas de decisión colectiva ejercida en el centro mismo de los problemas que deben solucionarse. Y esta es una característica muy apreciada por los pueblos que defienden su propiedad colectiva.
Frente a esta práctica, los poderes extranjeros han respondido sobre todo con dos tácticas, además de la represión militar y el exterminio genocida. Una ha sido corromper, comprar y asimilar a las castas o sectores con prestigio dentro de la comunidad indígena para, además de sembrar la discordia interna, también obtener el apoyo de los sectores indígenas influenciados por esas castas; y otra, muy relacionada con la anterior, además de dar un trato especial a los corruptos y colaboracionistas también aparentar que los sistemas de poder del invasor admitían y hasta protegían la representatividad de los colaboracionistas para que pudieran defender a su pueblo dentro del orden invasor, legitimándolo así. Salvando las distancias, bastantes de estas tácticas ya las emplearon los persas contra los griegos --el famoso "oro persa"-- y Julio César contra los galos corrompiendo a buena parte de los druidas. Los españoles y los jesuitas hicieron lo mismo en las Américas. Estas tácticas, frecuentemente corregidas sobre el terreno, estudiando minuciosamente las culturas y constumbres de los pueblos agredidos, anunciaban lo que ahora llamamos "antropología" y que fue conscientemente impulsada por los estrategas político-militares del capitalismo imperialista.
Sin poder extendernos al respecto, sí hay que decir que este método de conocer al pueblo indígena para vencerlo y domesticarlo es esencialmente idéntico a los métodos capitalistas para conocer el saber obrero y destrozar su centralidad. No es modo alguno casual que la "antropología" se aplique por igual, salvo adaptaciones técnicas, al estudio de "salvajes", de mujeres, de trabajadores, de consumidores, de "minorías sociales", de "marginados y delincuentes", etc. En todos estos casos, y en los demás, el poder busca conocer el mejor sistema para destruir la identidad e independencia de funcionamiento del "objeto de estudio" para, si en conveniente, integrarlo después en el sistema dominante. Frente a este método, los sujetos oprimidos han luchado por mantener su independencia, su autoorganización y su autogestión. Y es esta dinámica la que explica el tremendo atractivo que tienen los Soviets para todos los colectivos que luchan por mantener su independencia. Naturalmente, el método soviético debe adecuarse a cada contexto y circunstancia, pero su flexibilidad es provervial como estamos viendo a lo largo de estas páginas, aunque incluso cambie su nombre y en vez de llamarse soviets campesinos se denomine, por ejemplo, municipio popular,
De hecho, para volver al tema que motivaba esta reflexión aclaratoria, las guerras indígenas contra la invasión occidental anunciaban tres cuestiones que reaperecen una y otra vez como son, una, la adaptación de las formas colectivas a los cambios acaecidos pero desde y para los intereses de las masas indígenas; dos, los métodos empleados para lograr esos objetivos y, tres, la persistencia y continuidad en las reivindicaciones posteriores de partes o de lo esencial de las demandas que motivaron las luchas iniciales. En el caso concreto de México y de las luchas indígenas, Jorge Fuentes ha mostrado esta continuidad en el texto citado:
"La recuperación de la comunidad originaria fue una preocupación de los magonistas, era necesario organizar la producción agrícola y el trabajo de forma autogestionaria, el lugar terrenal para ese proyecto de organización social tenía también un espacio político y administrativo: el municipio. Por eso, aun en un lugar tan distante como San Luis Misuri, los magonistas no olvidaron incluir en el Plan del Partido Liberal Mexicano (1906) su proyecto de transformación municipal. El plan consideró necesaria la supresión de los jefes políticos porfirianos, la fundación de nuevos municipios, y el fortalecimiento del poder municipal. De este modo los magonistas pensaron materializar su proyecto comunitario, fundando municipios libres. Años después, en 1910, en Valladolid, Yucatán, donde aún se manifestaban secuelas de la Guerra de Castas, una sublevación de casi dos mil hombres, ajustició a las autoridades municipales, especialmente al jefe político municipal, y formularon un plan municipalista democratizador, el Plan de Valladolid, Dzelkoop (1910). En Morelos los zapatistas formularon el Plan de Santa Rosa (1912); una preocupación central de esta propuesta fue la regularización de la actividad electoral en los municipios. Con el mismo interés que hicieron propuestas agrarias, también pensaron en la democratización de los ayuntamientos, por ello promulgaron la Ley General sobre Libertades Municipales (1916); no es posible analizar detenidamente esta legislación, basta con recordar que se proponía, entre otras medidas libertarias, que "cada municipio gozará de absoluta libertad... De igual modo que las rebeliones indígenas sacudieron todo el país durante el siglo XIX, los movimientos democratizadores municipalistas agitaron la República porfiriana, antes y durante el movimiento armado (1906-1917). Todas estas demandas tomaron forma constitucional en el artículo 115, que plantea las bases para el Municipio Libre. Por ello es inevitable escuchar resonancias mayas, zapatistas y magonistas en las propuestas municipalistas que desde 1994 agita el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN)".
Es comprensible que en la compleja mezcla de diferentes idearios y proyectos aquí expuesta, hubiera también una recuperación de viejas utopías que nos pueden remitir a las tradiciones clásicas espartanas, de sociedades campesino-militares autosificientes, basadas en una justicia de productores armados y con capacidad y derecho de autodefensa ante las agresiones exteriores. Al es el caso de Pancho Villa, según nos lo expone fielmente John Reed en su maravilloso "México insurgente (la revolución de 1910)". No nos debe sorprender la fuerza de esta utopía en aquellos años. Un país asolado por la explotación interna y las agresiones imperialistas externas, debía crear un sistema adecuado de producción y autodefensa del pueblo trabajador. Los campesinos, todavía muy influidos por los restos de la propiedad comunal, veían como una cosa lógica la reivindicación de colectivos campesino armados, autosuficientes en su producción e integrados en una vasta red estatal del pueblo en armas, centralizada por el Estado. Pancho Villa pensaba crear "colonias militares" en las que se dividiera la semana en dos turnos de tres días, dedicando un turno a la producción material en el campo y otro a la producción y entrenamiento militares. El Estado revolucionario victorioso entregaría a los campesino-soldados esas colonias, sus tierras e instrumentos, y además crearía otras industrias estatales relacionadas con las colonias: "Cuando la Patria sea invadida, únicamente con tomar el teléfono desde el palacio Nacional en la ciudad de México, en medio día se levantara todo el pueblo mexicano en sus campos y fábricas, bien armado, equipado y organizado para defender a sus hijos y a sus hogares". La clase dominante no podía aceptar esta utopía de campesinos y trabajadores armados, prestos a la movilización revolucionaria en defensa de lo que tenían por suyo.
Para contener y orientar hacia una solución reformista esta marea ascendente, la política populista del general Lázaro Cárdenas en México durante 1934-40, llamada demagógicamente "Segunda Revolución", planteaba un "sistema económico cooperativo que tienda al socialismo". Se trataba de un plan de seis años que regularía las horas de trabajo y el salario base, que invertiría en grandes obras públicas e infraestructuras, que expropiaría algunas tierras latifundistas para repartirlas a las cooperativas e individualmente, que facilitaría préstamos blandos a las cooperativas para comprar maquinaria y ganado, etc. Se cumplió muy poco de lo prometido porque las clases trabajadoras no tenían poder alguno sobre la corrupta burocracia estatal y Lázaro Cárdenas tampoco quería presionar a la clase dominante, dispuesta a no irritar en nada a los EE.UU e impedir cualquier profundización radical en la famosa "reforma agraria", atascada desde hacía más de dos décadas pese a su contenido pro-burgués y anticampesino.
En 1938 el pintor muralista Diego Rivera publicó "La lucha de clases y el problema indígena", una muy buena aportación al tema que tratamos. El autor demostró la estrecha dialéctica entre el movimiento proletario y el campesino, y dentro de éste, del movimiento indígena; demostró también cómo las clases dominantes cortaron de cuajo todo avance democrático y de mejora de las condiciones de vida de las masas trabajadoras desde nada más concluir la "Primera Revolución" mediante, entre otras cosas, corromper e integrar a los antiguos líderes y jefes revolucionarios. Tras dedicar especial atención al proceso por el cual fueron si no destruidas totalmente las comunidades indígenas, sí debilitadas al extremo y, encima, las supervivientes degenerarlas en su raíz hasta convertirlas en simples instrumentos del poder, concluye que:
"El "ejido" y la comunidad agraria actuales en México, no son otra cosa que el expediente feudalista empleado por la monarquía española del siglo XVI para mantener al campesinado en estado de siervo. Se suprime todavía el valor social progresivo del ejido y de las comunidades, disminuyéndole su carácter embrionario de propiedad comunal, dividiéndolos ahora en parcelas insignificantes y minúsculas, dadas en propiedad individual inalienable, como "patrimonio familiar", a cada uno de los "ejidatarios" a los que se les dan préstamos (refacciones) por medio del banco del Estado y el dinero se cobra sobre la base de las futuras cosechas. Como los "ejidatarios" no pueden comenzar a trabajar la tierra en su situación de campesinos pobres, este método de apariencia "socializante" no hace en realidad, sino fijar al campesino a la tierra y convertirlo en siervo de los blancos, como lo era antes de los señores feudales latifundistas".
No hace falta insistir en que, con esta base estructural de brutal explotación campesina en un país agrario en su mayoría, estaba condenada al fracaso cualquier política reformista que sólo prometiese un cooperativismo hueco, vacío. En estas condiciones, en febrero de 1939 y ante la proximidad de elecciones y el abandono de la política del general Lázaro Cárdenas, el Partido Revolucionario Mexicano inició el debate sobre el segundo plan de seis años, aumentando las promesas para recuperar el voto de los desencantados por la pasividad y las traiciones anteriores. Ahora, como revulsivo propagandístico, se prometieron más nacionalizaciones y expropiaciones, sufragio femenino, instrucción militar obligatoria, más ayudas a las cooperativas y defender la independencia económica de México.
Pero cuando en febrero de 1940 se conoció el proyecto definitivo, éste había sufrido un rebaje importante y la evolución posterior del "sistema cooperativo que tienda al socialismo" se extinguió con el populismo interclasista. Además de otras razones de este fracaso, una de ellas fue la ausencia de una voluntad política de acabar con la explotación campesina brutal mediante la masificación de, entre otras conquistas, las cooperativas agrarias socialistas y la colectivización del campo.
Sin embargo, el desarrollo del capitalismo en estos dos países, y en otros que también contaban con significativas comunidades indígenas, no anuló ni destruyó el conjunto de lecciones teóricas aquí vistas. Francisco Posada nos recuerda en su "Los orígenes del pensamiento marxista en Latinoamérica. Política y cultura en Mariategui", la dialéctica de los factores nacionales e internacionales, sobre todo de liberación nacional y revolución socialista, en el pensamiento del revolucionario peruano: "Según el marxismo (tesis sostenida, v. gr., en numerosos escritos de Lenin) la actitud nacionalista no es incompatible con la socialista. El desarrollo de la historia ha demostrado que esto es correcto, pero que, además, aun cuando los socialistas son cada vez más nacionalistas, inclusive más que los socialistas de la última centuria, las capas patrióticas son hoy mayores que nunca debido a la organización imperialista de la sociedad industrial. Sostener la posición de Mariátegui equivale a fortalecer el gran frente contra el colonialismo y el neocolonialismo e introducir un importante criterio sobre la índole del adversario principal".
De hecho, siguiendo con esta lógica, la lucha independentista nicaragüense contra las agresiones norteamericanas, lucha liderada por Sandino, que no era marxista, en estos mismos años de finales de la década de los veinte y comienzo de los treinta, mostraba también una neta imbricación con las raíces e identidades indígenas. Hay que partir del hecho de que para muchas personas con ideales democrático-radicales de aquél entonces, los PCs stalinistas estaban totalmente desprestigiados. Según Núñez y Burbach en "Democracia y revolución en las Amércias":
"La sumisión de los partidos comunistas en las Américas a las propuestas políticas de la Tercera Internacional reflejaban la debilidad fundamental de marxismo en el continente: su incapacidad para desarrollar una estrategia revolucionaria independentista y nativa. Durante los años de su apogeo --los años 20 y 30-- el movimiento comunista fracasó en el objetivo de producir su propio cuerpo de teóricos marxistas capaces de desarrolar programas y estrategias políticas en respuesta a las condiciones políticas específicas enfrentadas por los comunistas en sus propios países. Esto noquiere decir que no hubo algunos intelectuales en los partidos que hicieron contribuciones valiosas, tal es el caso de Mariátegui en el Perú o Julio Antonio Mella en Cuba. Pero, en general, el trabajo intelectual surgido en las Américas era una mera adaptación de las ideas y principios políticos que se habían desarrollado en Europa".
Los autores citados concretizan algo más su crítica al marxismo de la III Internacional --posterior a los cuatro primeros congresos, precisamos nosotros-- afirmando que: "Muchos partidos comunistas, producto de su política de alianzas, terminaron apoyando regímenes de derecha en Perú, Nicaragua, República Dominicana y Venezuela". Y continúan: "A diferencia de los movimientos reformistas y populistas de los años 30 y 40 en todo el continente, hubo líderes nacionalistas radicales, no comunistas, que estuvieron involucrados en cambios profundos y que iniciaron en América Latina la lucha revolucionaria por la liberación nacional antiimperialista. De ellos, Augustio C. Sandino es el más sobresaliente (...) Otro líder radical no comunista Jorge Eliecer Gaitán, en Colombia".
Centrándonos en Nicaragua, el mismo Sandino era muy consicente de las enormes diferencias de todo tipo con respecto a los EEUU, no dudando en calificar de "bestias rubias" a los imperialistas norteamericanos, y en definirse a sí mismo como "indohispano" carente de fronteras dentro de Latinoamérica. Es muy interesante la denuncia que hace de cómo los norteamericanos han estudiado la "ligereza de carácter" de los "indolatinos" utilizándola contra ellos mismos. También es muy interesante esto: "Nuestro ejército se prepara a tomar las riendas de nuestro poder nacional, para entonces proceder a la organización de grandes cooperativas de obreros y de campesinos nicaragüenses, quienes explotarán nuestras propias riquezas naturales, en provecho de la familia nicaragüense en general". Desgraciadamente, el asesinato de Sandino y la derrota de la guerra de liberación nacional nicaragüense cortaron de cuajo las potencialidades liberadoras de esta concepción revolucionaria e independentista que fusionaba lo identitario con el cooperativismo.
Significativamente, y sin entrar ahora en precisiones sobre las relaciones entre lo "nacional" y el "indigenismo", sí debemos insistir en que el transcurso de los años ha reforzado la razón de lo arriba leído. Precisamente en la Bolivia actual asistimos a una nueva oleada de luchas sociales sustentadas, entre otras cosas, también en la participación directa del comunalismo indígena. Álvaro García estudia en "Multitud y comunidad. La insurgencia social en Bolivia" la importancia de las prácticas colectivas de los pueblos indígenas y la actualidad de sus formas sociales: "En términos generales, la importancia de la rebelión de abril y de septiembre es mucho más que la carga de descontento que ha aflorado en la sociedad. Es, por sobre todo, la reconstitución de un tejido social capaz de proponer formas alternativas de democratización de la vida pública, formas de autoorganización que devuelvan a la sociedad el control de sus facultades políticas; en fin, formas de autogobierno plebeyo y comunal capaces de arrebatar el monopolio de lo público a unas élites empresariales fracasadas que pese a sus promesas han llevado a la nación a la bancarrota".
También en México se está produciendo una activación de las movilizaciones sociales, y dentro de estas de las reivindicaciones indígenas en defensa de sus formas tradicionales de vida. Antonio Paoli en "Comunidad tzeltal y socialización", hace una muy interesante síntesis de cómo son estas formas entre los indios tzeltales: "El acceso a la tierra y el uso del ecosistema pasan por los valores y las regulaciones de la comunidad, por sus trabajos, por sus arreglos, su cooperación y su justicia (...) La educación comunitaria es un proceso permanente, no sólo de inculcar reglas y órdenes sociales, sino también, y principalmente, un sentimiento placentero de solidaridad, de grandeza vista en los otros, cuya observación y promoción hacen sentir un bien personal y un sentimiento superior de pertenencia e identidad. Identidad que no se agota en la pequeña comunidad, sino que se proyecta en el mundo trascendente de los Ahcananetic y en la comarca india que está conformada por una comunidad de comunidades. Ella constituye la esencia del pueblo indio."
Ahora bien, Mariátegi era muy consciente de la imposibilidad objetiva de construir el comunismos moderno copiando el sistema comunal antiguo. Como buen dominador del materialismo histórico, sabía que la historia real no puede repetirse y que los logros en sus fases más simples no pueden ser plenamente aplicados en sus fases más complejas, aunque sí se puede y se debe recuperar, readecuar y aplicar partes suyas al presente, pero dentro de una totalidad nueva.
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